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RETOS

OBLATAS NUEVAS PARA UN MUNDO FRAGMENTADO

Herederas de una larga historia, compartimos el carisma concedido por el Espíritu a José María Benito Serra y a Antonia María de Oviedo, transmitido a las Oblatas del Santísimo Redentor para el servicio de las mujeres explotadas sexualmente en el ámbito de la prostitución y la trata de personas.

Es innegable que en nuestro tiempo la realidad social de muchos países en los que estamos presentes, está ligada al cambio de valores, la migración, el desplazamiento, la desigualdad, la pobreza, la dificultad para acceder a la educación, la escasez de oportunidades, el desempleo y la vulnerabilidad especial de mujeres, niños y adolescentes los hace fácil presa de la trata, prostitución, pornografía, sexcam, webcam, variadas formas de explotación sexual en las que las redes sociales manejadas por personas individualistas y egocéntricas juegan un papel importante en la información, la inducción, enganche, reclutamiento, aprovechamiento, violación y explotación económica y sexual según criterios de conveniencia y provecho personal de dueños de estudios, intermediarios, proxenetas, tratantes, prostituyentes.

Desde una postura profética, escuchamos, conocemos, nos dejamos interpelar y hacemos lectura crítica y creyente de esta realidad concreta de la comercialización de los seres humanos, especialmente de mujeres y niñas, en el contexto actual y fieles al carisma recibido nos sentimos llamadas a emigrar hacia nuevas periferias geográficas y existenciales en la misión apostólica, respondiendo a los nuevos desafíos que brotan de la realidad de las mujeres en estos contextos, reiterando que la explotación y la violencia sexual son fenómenos sociales que afectan a la familia por el abandono físico y/o emocional en que pueden quedar los hijos, algunos producto de la explotación sexual, una vulneración de los derechos humanos que atenta contra la dignidad e integridad de la mujer, no la reconoce como persona sino como un objeto para satisfacer otros intereses.

En relación profunda con otras personas, congregaciones y movimientos que frente a estas realidades sociales y culturales nunca antes vistas, luchan en la promoción y defensa de la dignidad humana y por un mundo más justo y solidario, acogemos el clamor de estas mujeres, reflexionamos sobre esos recientes horizontes de misión y sobre las respuestas alternativas a estos nuevos escenarios de apostolado en la certeza de que el cambio pertenece a la esencia de un sano crecimiento físico, emocional, espiritual y comunitario a favor de la vida, la reconciliación y una nueva conciencia ecológica, cósmica y solidaria con toda la Creación.

La prostitución, la pornografía, las actividades en las sexcam y webcams no son trabajos, son la antesala de la trata de mujeres con fines de explotación sexual y están ligadas a la feminización de la pobreza, la desigualdad social creciente, al poco o nulo acceso al trabajo, y la mentalidad patriarcal y machista que limita el desarrollo de su autonomía, la capacidad, libertad individual y proyección de una vida digna y condena a millones de mujeres y niñas a la deshumanización y a la humillación, a ser tratadas como objetos, engañadas, violentadas, con frecuencia vendidas más de una vez, arruinadas física y mentalmente, para acabar desechadas y abandonadas. Ello constituye una grave violación de los derechos humanos de las víctimas, una ofensa a su dignidad.

Desde el carisma sentimos y reconocemos la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de todas las mujeres y niñas, porque una relación que no respete el hecho de que el hombre y la mujer tienen la misma dignidad, constituye una manifestación de la violencia de género y un ataque sistemático al proyecto que Dios ha soñado sobre las personas, el mundo y la historia humana. Afirmamos que los derechos fundamentales ya están jurídicamente reconocidos como herencia natural de toda persona, son inherentes a la dignidad humana, la subjetividad, la autonomía, la igualdad y la posibilidad de diseñar un plan vital, determinarse por él, gozar de bienestar y vivir desarrollando todas las potencialidades.

La misión mantiene a la Oblata en diálogo continuo con la realidad y desde aquí adecua las respuestas para seguir apostando hoy por la vida, en estas nuevas fronteras donde está amenazada, oprimida, oculta; abrir nuevos caminos de misión dentro un mismo compromiso; no podemos cruzar los brazos mientras estas mujeres siguen siendo tratadas como objetos, es preciso realizar con ellas procesos de acompañamiento, apoyo y orientación mediante el testimonio evangélico, la escucha activa y el diálogo personal que les permita mejorar su calidad de vida, promover su dignidad y gestar su propia liberación.